Comer es un placer, una experiencia sublime y mi deporte favorito. Aunque tal vez, pensando en delicias gastronómicas, vienen a la mente restaurantes como La Bonbonniere, que está en el “top 7”, lo cual significa que provee una de las mejores experiencias del mundo, y seguramente ello se basa en un estándar que nos excluye a muchos y privilegia a pocos.

Felizmente la igualdad es por lo general una elección, así que; es mi elección recordar que en ningún lugar del mundo he tenido mayor placer al comer, que en mi casa, con mis seres queridos. Simplemente, no hay forma de pagar por una experiencia parecida, es un privilegio del cual no estoy excluido y curiosamente es parte de la cultura de mi país, el Perú.

Así es, a los peruanos nos gusta “comer rico”, es una religión que practicamos todos los días, de manera democrática, desprendida y generosa. Por eso bien dicen que el paladar del peruano es exigente. De hecho nuestro paladar está entrenado para distinguir los sabores y aromas de las tres regiones geográficas que tiene Perú, las cuales confluyen en la capital: Lima, una metrópolis que alberga deliciosas sorpresas culinarias en cada olla de cada hogar, no sólo en restaurantes caros.

Por otro lado, existe un fenómeno culinario, por el cual las esforzadas y emprendedoras madres peruanas, acercan toda su creatividad y sabiduría culinaria a los mercados. Lugares poco suntuosos, y para nada elegantes, pero basta con dar la primera “probadita” para sentirse sentado a la mesa de un rey, degustando un delicado manjar, engriendo al paladar, y dejando que el sentido del gusto tome el control, haciendo que los ojos se entrecierren, escuchando solamente ése ritmo al masticar, sintiendo cada textura. Luego están las formas más evolucionadas como los “huariques”, a los que no les alcanza el adjetivo de restaurantes, son paraísos en el desierto, pero dejaré al lector descubrirlos por sí mismo.

Es curioso, ahora que medito en todo esto, recuerdo que mi madre solía mirarnos comer. Sus ojos brillaban al vernos degustar su diaria provisión de amor, tal vez por eso sea que a las madres peruanas les gusta innovar en la cocina y comparten recetas para engreír mejor a sus comensales. Eso sí, sin develar el “secretito”, que todos conocemos pero ellas reservan sólo para sus más allegados.

Y ese secreto se llama: Amor. Es por medio de la comida que aprendí una forma de amor, y espero que te sirva tanto como a mi, honestamente sólo sé preparar chocolate en navidad, pero el ingrediente secreto nunca me ha fallado.

Que Dios inunde tu corazón de amor, tus seres queridos lo notarán en tu sazón.

¡Bendiciones!